Belistea, la Bella Durmiente


Mientras Augusta y Flavia lloraban la desgracia de la Princesa, el silencio se hizo en todo el castillo. Habrían jurado que el alma en pena caminaba por los aposentos de los reyes se había parado a descansar.

La hermanastra de la Princesa dormitaba a sus pies mientras Flavia, su dama favorita, descansaba los ojos. Cuando eran niñas, no era extraño que las dos mayores ignorasen a la hijastra del Rey, pero al crecer las tornas habían cambiado.

Nadie habría supuesto nunca que Augusta ansiaba tanto ver a su hermana hundida que había sido quien pidió a la mujer del maleficio acabar con ella. Mas fue engañada, como en los cuentos de las amas a los niños de teta.

Aurora la llamaban unos, Aledana otros, Belistea quienes la conocían, pero nadie conocía de verdad la identidad de su hermanastra. Sus miedos, sus maldades. Ahora, en cambio, el pueblo clamaba en llantos por la Princesa que dormiría eternamente. Ahora Augusta nunca sería la querida y única hija del Rey. Ahora no sería más que una presencia que contaría las horas para su muerte.

Esa mañana, Flavia había vestido un traje de terciopelo rojo con ribetes e hilo dorados. Tan brillante, que sus hombros relucían ante el sol de una mañana pálida. Habrían hecho que los hombres de todo el reino suspirasen por su cabello anaranjado. Las mangas ajustadas con cintas de oro puro que se arremolinaban gustosas sobre la manga abullonada de la hija de los Duques de Alberoz eran atrevidas, demasiado para una dama de la Princesa. Tuvo, pues, la decencia de recoger su cabello con tiras de papel dorado, simulando dos colas de sirena a los lados de su cuello. La mujer más hermosa de todo el reino era poco más que una niña, algo que suele pasar.

Así pues, Augusta hubo de vestirse con un traje igualmente especial. No conocía el motivo de tanta floritura en el cuerpo de la amiga de su hermanastra, por lo que buscaría a ciegas. Supo entonces que se trataba del cumpleaños de la propia Princesa. Casi se sintió culpable por quitarle a su hermana el privilegio de ser la protagonista de su baile. El Rey quería casarla y la edad comenzaba a ser un impedimento. Así que prometieron realizar un concurso de novios para el día en que Belistea cumpliera los dieciséis años.

El Rey había hecho traer una tela especialmente creada para su hija. Una mezcla de seda y terciopelo que brillaba incluso sin velas en la estancia. En el castillo se rumoreaba que era la misma rueca que se había usado con la tela la que había hechizado a la Princesa. Belistea sabía que llevarlo había sido un error, pero retirarlo de su frágil cuerpo llamaría demasiado la atención.

El color era exactamente el de los ojos azules de la Reina, compartidos en color entre Augusta y Belistea. La primera se había llevado el terciopelo pero la Princesa heredera tenía la seda en ellos. Bien podría haber sido la pieza de ropa contraria a la de Flavia. Donde en el vestido de la dama había una zona ajustada, en el que portaba Augusta era amplia. La tela era hermosa pero simple y la convertía en perfecta al contacto con el oro, mientras que el traje azul era al contrario: un corte sencillo para que la materia prima brillase por sí sola. Las mangas, como había de ser por su posición, eran anchas y caían con la gracia de una enorme gota de lluvia por las caderas y piernas de la primera hija de la mujer del Rey.

Una trenza simple, que junto con las cintas de oro casi se veía apagada en el cabello de Augusta caía por su espalda. El único adorno que se había permitido era un cinturón en forma de cuerda trenzada de raso azul que caía sobre sus caderas. La diferencia de tamaño de Augusta para con Belistea no parecía apreciarse en el traje, que conseguía sentar como un guante a ambas.

Se colocó, la hermanastra de la Princesa, a los pies de su cama. Flavia no la había visto entrar, dormitaba sentada a la cabecera. Fijose entonces Augusta en el hermoso traje que portaba la bella durmiente sobre su lecho.

Blanco, con dibujos en terciopelo dorado y sobre la tela blanca. Pero lo que le sorprendió fue que las flores parecían naturales cosidas sobre la tela en el momento de ser puesto el vestido. La cinta que cruzaba su frente, del tono dorado que adornaba el vestido y del mismo que eran sus cabellos, se resbalaba con la gracia de un ángel sobre el rostro.

Belistea dormía, como lo hace una Princesa, sin escapadas inoportunas ni babas en la almohada. Era tan hermosa que Augusta deseó ser ella. Y cuando se acercó para besar su rostro inmaculado, puro, una lágrima se derramó por el cuello de su hermana. Rápidamente (puesto que no es adecuado que una princesa, ni siquiera una de segunda categoría, llore), limpió con la inmensa manga de su vestido el cuello de su hermana.

Tardó unos segundos en darse cuenta de que el color volvía a su rostro. Su piel comenzaría a ser tan rosada como siempre e incluso abrió sus ojos. Cualquier hada madrina había sabido ver que era el beso de su amor verdadero, es decir, de su vestido favorito, lo que la había despertado de su maldición. Mas Augusta nunca llegó a saberlo. Del propio miedo de ser descubierta tapó el rostro de su hermana con la manga hasta que dejó los suaves movimientos que su cuerpo hacía al intentar sobrevivir.

La flora, la fauna y la primavera habían jurado el día de su nacimiento protegerla, así que nunca se descompuso. Y el Reino lloró durante siglos a una princesa que llevaba muerta años. La Bella Durmiente la llamaban los súbditos. La Bella Muerte la llamaba, a escondidas, la hermana de Belistea.

La Bella Durmiente de John Collier
La Bella Durmiente de John Collier

 

Reto Ray Bradbury Semana XIX

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