Los guapos no lo hacen bien


– La primera vez que perdí la virginidad tenía 16 años.

– Joder, qué pronto. Yo tenía 19.

– Ya tía, pero es que tú estabas muy gorda, es normal.

– Y tú siempre has sido muy golfa.

– Sí, eso también.

Lucía y Susana habían pedido un par de cervezas, el lubricante social más barato que existe.

– La segunda vez que perdí la virginidad tenía 23.

Lucía se atragantó con el hielo y le saltó al ojo derecho. Empezó a llorarle y cogió una servilleta para limpiar las lágrimas de color negro que le chorreaban por la mejilla.

– ¿Cuántas veces se puede perder la virginidad?

– Ya me entiendes –Susana hizo un sutil movimiento de cadera que Lucía no apreció.

– No te sigo…

– Por detrás, Lucía, quiero decir la primera vez que lo hice por detrás.

– Pero si… -la mirada de su compañera parecía dirigirse a una parte muy concreta de su cuerpo-. Aaaaah, vale, perdona. Ufff qué dolor.

– Ya, por lo menos la tenía pequeña, si no imposible.

– ¿Con quién fue?

– Tu hermano.

Susana se atragantó otra vez con el hielo. Sabía que eso había pasado, pero no le gustaba recordarlo. Habían salido durante unos meses hacía años, pero había sido un error, un error terrible gracias al cual Mario había empezado a salir con Diana. Hacía poco que se habían casado y eran muy felices.

Lucía había estado en la boda de su ex amante, y había sido quien más aplaudía y lloraba. Quería a Mario como a un hermano, por eso Susana nunca entendió lo que hubo entre ellos. Uno al que, al parecer, le dejaba hacer muchas cosas con su cuerpo.

– ¿Y tú alguna vez lo has hecho?

– ¿Por detrás? No por Dios.

– A Dios le importa muy poco lo que hagas en la cama.

– Bueno, ya me entiendes.

– No tiene nada de malo.

Las uñas de Lucía estaban impolutas, como siempre. Largas, rojas, brillantes. Eran como las manos de una estrella de cine. Parecía una diva de la música. Susana se preguntaba cómo estarían en unos meses.

– Pero bueno, supongo que no es para todas –asintió a sus propias palabras-, ni siempre.

– ¿Por qué? No debería costar tanto después de unas veces.

– Amiga, es muy chungo la primera vez. Y casi que el resto también. En fin, no es mi plato favorito, pero hay que tomar de todo ¿no te parece?

– Hombre, de todo de todo…

– Camarero, dos cervezas más. –Volvió a su amiga-. ¿Por qué no? ¿qué no has hecho tú a ver?

– No sé, lo normal. No soy una mujer muy sexual supongo, creo que eso no es para todas.

– No me seas tonta Su, solo tenemos una vida, habrá que disfrutarla.

– Oye que yo disfruto mucho, lo que pasa es que no hago barbaridades como tú. David es un buen novio y me respeta.

– Me respeta dice –Lucía le dio las gracias al camarero cuando dejó las dos cervezas en la mesa-. Tu David es un hombre y quiere lo que quiere, lo que pasa es que tú eres muy siesa algunas veces.

Susana se mordía la lengua cuando Lucía se mordía el labio.

No quería decirle lo que se le estaba pasando por la mente en ese momento, porque sabía que le haría daño a su amiga, pero es que se lo había estado buscando a pulso durante toda su vida.

– Deberías disfrutar de la vida un poco más. Supongo que yo ya he disfrutado suficiente.

Susana ladeó la cabeza mirando a su amiga, y le cogió la mano. Se habían prometido que aquella noche no iban a llorar ni ponerse tristes, sólo a reír. Pero obligarse a reír le parecía algo muy triste.

– ¿Qué es lo que más te gusta?

La pregunta de Susana había despertado a Lucía de su ensimismamiento.

– ¿En la cama? –asintió-. Guau. Ahora mismo me pinchas y no sangro. No esperaba que me preguntases…

– ¿Quieres responder?

Lucía asintió y se puso a pensar. Ella sabía que si no seguían hablando de las aventuras sexuales de Lucía, se pondría a llorar. Era el único terreno en el que se sentía intocable, y aunque a Susana le incomodaba un poco hablar de este tipo de cosas, lo hacía por ella.

– Supongo que me gusta todo. Me gusta más debajo, que un hombre sea un hombre, pero para acabar, arriba, sin duda.

– Bueno, eso no puedo discutírtelo.

– Vaya, la pequeña Susana es una amazona experta.

– Ya te he dicho que David me respeta mucho, y en la cama también.

– Las cintas son geniales. ¿Te han atado alguna vez? Esa sensación entre no poder moverte y todas las cosas que estás sintiendo. Mira, se me eriza la piel solo de recordarlo.

– A mí no me gustaría sentirme tan frágil. Tan expuesta, no sé.

– Bueno, supongo que el sexo es eso ¿no? Jugar, hacer cosas nuevas. Nunca sabes lo que te va a gustar. Tía, pasamos ya a las copas ¿no? Dos gintonics, por favor.

– ¿Con cuántos has estado?

– ¿Hombres o mujeres?

– ¿Desde cuándo te va el bollo, Lucía?

Las dos rompieron a reír, y el camarero trajo las copas.

– ¿Tengo que empezar a preocuparme por haber dormido en tu casa?

– Qué va. Sólo he estado con dos chicas en mi vida. Una fue en un trío, que es algo que está muy sobrevalorado, te lo digo, y la otra, bueno, fue un poco triste en realidad.

– ¿Por qué?

– Fue el día que me dieron los resultados. Fue como ‘Joder tía, tienes cáncer de útero, necesitas cariño’ y no sé, no me apetecía ver a nadie que hubiera visto ya ¿sabes? Y no sé, fui a un bar y acabé saliendo de él con una chica.

Susana recordaba ese día. Había sido tres meses atrás. Sus padres habían muerto hacía años, no tenía hermanos ni ninguna familia ni relaciones. Lo más cercano era ella. Lucía estaba tan sola en el mundo, que quien se iba a quedar con ella en el hospital cuando la operaran sería la propia Susana.

‘Al menos no tengo a quien hacer llorar si me muero’ había dicho Lucía cuando le contó lo del cáncer, y lo de la operación. Se equivocaba.

– ¿Y cómo fue? –preguntó dándole el primer sorbo a su gintonic.

– Suave, dulce. Como muy limpio sabes. Tú piensas que eso debe ser pringoso y asqueroso, pero qué va, resulta más elegante follar con una mujer que con hombre.

– Hombre, haber tiene que haber menos pelo.

– Eso desde luego. Es más ergonómico, no sé, como si fuera más cómodo. No hay cosas que se te clavan por todas partes.

Volvieron a reír otra vez y pidieron otras dos copas, aunque quedaban más de tres dedos. El vodka hizo su entrada triunfal.

– Aunque te digo una cosa, el olor de un hombre no tiene nada que ver. Eso no se puede comparar.

– Recuerdo una vez que David se dejó sus calzoncillos por el baño, y como iba a poner la lavadora pues los recogí, ya sabes. Al agacharme a por ellos no sé, me puse muy cachonda te lo juro. Lo busqué corriendo y casi lo violo.

– No los llevó puestos demasiado tiempo entonces.

– Eh, que mi chico es muy limpio.

– Tu chico es un chico, son sucios por naturaleza. No sé, les gusta. A quién en su sano juicio se le ocurre querer meter su rabo por donde sale la mierda, joder. Es asqueroso. Son sucios.

– David –Susana empieza a sentirse flotando, el vodka con limón ya va por la mitad- está obsesionado con que se la chupe todo el tiempo. En serio, tiene un problema.

– No tiene un problema mujer, lo que tiene es polla, es normal, es con lo único que piensa y claro, así son las cosas. Una vez iba en el coche con un amigo, te lo juro tía, un amigo, nunca habíamos tenido nada ni había surgido ni nada, y total que vamos en su coche y se desabrocha los botones del pantalón, se la saca y me dice que si tengo hambre.

– Joder qué asqueroso, qué hijo de puta. ¿Qué le dijiste?

– Pues que era un puto guarro, que siempre tiene que comerlo primero él que si no, se queda en un 68 y paso.

– ¿Un 68?

– Sí, tú me la chupas y te debo una.

Las risas escandalosas de dos mujeres bebidas llenaron todo el bar.

– La verdad es que me lo he pasado muy bien –Lucía apuró su copa.

– Y así va a seguir siendo.

– Ya pero… ya no querré, ya no tendré ganas. No me lo imagino…

Su amiga se lo había explicado semanas atrás, al extirparle los ovarios y el útero, el deseo sexual desaparecería. Estaba muy extendido y era la única manera. Y aunque tendría un tratamiento hormonal increíble, pero no volvería a ser la misma, y ambas lo sabían.

– Me secaré por dentro. Voy a ser una puta vieja en el cuerpo de una chica de treinta años.

– No digas eso.

– ¿Por qué no? Es la verdad. Nunca me ha importado no tener hijos, no me apetecía demasiado la verdad, y sin una pareja estable… no iba a hacerle a un niño lo que mi madre a mí, me niego. Y sin familia… ¿quién cuidará de mí cuando ya también sea vieja por fuera?

– Yo, yo te cuidaré.

– Tú tendrás que cuidar a tu marido el de las mamadas, y a tus hijos.

Se dieron las manos, y se abrazaron, llorando un poco, aunque no demasiado. Se habían prometido que aquella noche sólo habría risas, pero era todo tan triste…

– Venga, ya es suficiente. Dentro de un mes no tendré ganas de sexo, pero usemos esta noche para lo que es. El de la mesa de allí tiene cara de tenerla grande, pero el que está en la de atrás tiene pinta de follar bien.

– ¿Y esa que pinta es?

– No demasiado guapo tía. Los guapos no lo hacen bien, son demasiado guapos. Pero búscate a uno del montón, tendrá que esforzarse por follarte bien. Por eso de vieja seguirás con David ¿te has fijado en lo feo que es?

 

 

También puedes leerlo en L’as cagao Lorrie Moore

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Muy bueno, enhorabuena.

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    1. Adriana dice:

      Muchas gracias Natalia! 🙂

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