Bruno cruzó la carretera sin mirar


Bruno cruzó la carretera sin mirar. No es un chiste, no era un tomate ni una gallina ni nada que pudiera causar risa. Al fin y al cabo, aquel hombre se había pasado doce años y ciento treinta y nueve días en la cárcel. Acababa de escapar de allí y sabía que podrían encontrarlo en cualquier momento. Pensaba que tendría mucho miedo, pero al final sólo tenía ganas de probarlo, de probarse a sí mismo, de saber si podría llegar a salir de aquella prisión.

Bruno cruzó la carrera sin mirar. Venían algunos coches y, a lo lejos, creyó ver un autobús de visitas. A él nadie iba a visitarle. Nadie le quería. Ni siquiera en la cárcel había estado muy acosado por otros presos. Pocos sabían la pena que sentía en su interior por lo que había hecho. El arrepentimiento le reconcomía de pensar que había matado a su propia hija hacía casi trece años. Entonces se drogaba y a veces le pegaba a su mujer. Un día le dio una bofetada a su hija… y nunca más se levantó del suelo. En el fondo sabía que hacía mal en escaparse, que su lugar era ese.

Bruno cruzó los bloques de pisos sin mirar, una vez que recorrió los siete kilómetros y medio que separaban la cárcel de aquel polígono de las afueras. Casi sintió más miedo que en la cárcel al ver las pintas de los que allí deambulaban por las calles. Antes estaba mucho más separada la prisión de las casas y de los lugares de trabajo, pero la zona había crecido mucho con el éxodo del centro de la ciudad. Los pisos eran demasiado caros dentro del núcleo urbano y los jóvenes se veían obligados a alquilar y comprar casas en las afueras. Y claro, había crecido también aquella zona.

Bruno cruzó el jardín de la casa. Encontró algo de ropa tendida y aunque evidentemente no llevaba un mono naranja (eso era cosa de las películas) resultaría menos sospechoso vestido de paisano. Se puso los vaqueros (que no le cerraban, pero con un trozo de cuerda y una sudadera pudo servirle) y, de nuevo,  comenzó a andar como si no hubiera nada malo en él, que había matado a su propia hija.

Bruno se sentó en un bar sin mirar. Había encontrado unas pocas monedas dentro de la sudadera y pensó en comer algo, que tenía hambre. No le llegaba para el menú del día, pero en aquella ciudad con la cerveza ponían una tapa. Hacía varias horas que se había escapado y en cuanto vio una televisión encendida con las noticias pensó que aparecería su cara en algún momento y todos le reconocerían. Aquello nunca sucedió.

 

Reto Ray Bradbury Semana VIII

 

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