La princesa Hattajak


Cuando tuvieron que huir de su castillo, los reyes de Blystian tuvieron que dejar muchas cosas atrás. Sus coronas de brillantes preciosos talladas en oro puro, los mantos de piel de animales tintados en colores llamativos o zapatos incómodos pero hermosos con tacones altos y telas rígidas.

Sí, los reyes de Blystian se lamentaban de muchas de las cosas que habían abandonado para salvar sus vidas y de cuánto les había costado hacerlo. Sin embargo, de lo que no les había resultado tan complicado era abandonar su hija.

No fue voluntariamente, se decían al principio. Los gitanos que les permitirían cruzar la frontera manteniéndolos sanos y salvos les habían pedido como prenda a su primogénita. Al fin y al cabo, se trataba de una niña. Hijas podrían tener más, pero vidas no.

−Si todavía fuera un chico…

−Pero esposo… ¿has visto su aspecto? Y además, ¿qué dirán nuestros súbditos de nosotros?

La deliberación había sido breve pero intensa. Finalmente ambos coincidieron en que dirían que la hija murió cuando los bárbaros llegaron al castillo. A nadie le resultaría extraño (después de los asesinatos, las mutilaciones, las violaciones y el propio exilio de sus monarcas) que hubiera muerto una niña en palacio. Al aceptarlo, uno de los gitanos les rozó con la espada a ambos reyes en la espalda, para que nunca olvidasen lo que dejaban atrás. No lloraron por ella más de treinta lágrimas y desaparecieron en el bosque.

La niña era demasiado pequeña para recordar nada, y su nombre Garalma, quedó mudo para siempre. Hattajak nació donde murió la hija de los reyes y creció como una niña fuerte. Al fin y al cabo, los gitanos del bosque, lejos de sacrificarla a sus dioses paganos o comérsela viva, se la quedaron como una mascota.

Sus rizos de color anaranjado adornaban los collares de las mujeres del grupo, pues era costumbre hacer adornos con trenzas del pelo más hermoso del grupo. Su nombre, que significaba de origen oscuro no tenía sexo, y como se criaban entre iguales, la niña se acabó convirtiendo en un niño más.

Al cumplir los trece decidió que sus pechos nunca verían la luz del sol y su cabello se entregaría por completo a hacer collares y pulseras para las madres gitanas. También con el tiempo aprendió a tomar la hierba de la luna que mata a la sangre, no para evitar traer un niño al mundo, sino para que no le molestaran los dolores. Tomó tanta que dejaron de venir a su cuerpo.

Para cuando tenía veinte años, era el joven más hermoso de los gitanos. Sabía utilizar la honda y la espada corta mejor que ninguno de ellos y decidió ir a la ciudad más allá de la frontera. Sabía que no debía buscar esposa pues entre ellos gozaba de cierto éxito con las de su mismo sexo, pero en cuanto le bajasen los pantalones encontrarían su falta de virilidad y podían llegar a matarle. Pero eso no impedía que fuera a buscar aventuras. Antes de partir, el primer día de la semana del nuevo año, su madre le dijo que cuando volviera le contaría de dónde venía su cabello naranja, aunque los rumores habían acompañado a la hija de los reyes desde pequeña.

Llegó a las colinas de Etterfen y las cruzó sin demasiado esfuerzo. Para cuando llegó a la ciudad condal vecina al reino de Blystian ya se había enamorado de las calles asfaltadas. Echaba de menos vivir entre árboles y el olor del bosque era mucho más agradable que el de la ciudad, pero encontró agradable un ambiente tan distendido, con muchachas hermosas y jóvenes apuestos.

No tardó en fijarse en los corsés de las mujeres y agradecer que sus pechos fueran pequeños y pudieran estar bien escondidos, aunque agradecía tanta carne a la vista. Los hombres vestían de una manera mucho más cómoda, más parecida a su familia que las muchachas.

Era tan ágil y flexible que tardó muy poco en comenzar a trabajar con el circo, y luego con una compañía de actores. Finalmente, acabó con los tramoyistas e interpretaba en algunas obras de teatro a espadachines sin nombre pero a quienes adoraba el público por sus volteretas.

Jugaba a las cartas en las tabernas más cercanas, y sentía sus pezones duros al sentar a las prostitutas sobre su regazo. Un día notó un corazón entre sus piernas al conocer a Berita, una joven con el pelo más negro y liso que había. Era actriz y decían que había vendido su virgo aunque no era prostituta.

Ella lo sabía. Una mirada de la chica a Hattajak bastó para que se entendieran. Era hija de unos señores del reino pero gracias a la lejanía de su casa, vivía en una buhardilla cerca del teatro en un colegio de señoritas. Se colaron por la ventana una noche que hacía bastante frío. La luz azul entraba por la ventana y parecía que el cuerpo de Berita era azul por completo.

Se desnudó y sus manos (heladas) le quitaron la ropa a Hattajak.

−Tienes un nombre horrible –le dijo al oído mientras mordía sus hombros suavemente.

Tiró de su pelo poco a poco mientras caía la camisa, los pantalones y los calzones. No buscó signos de extrañeza al encontrar un cuerpo de mujer pegado al suyo. Le quitó las bandas sobre los pechos y tumbó sobre la cama.

−Nunca he estado con una mujer.

−Yo tampoco… -la voz ahogada de Hattajak desaparecía entre las paredes-, ni con un hombre. Nunca he…

Los labios de Berita callaron sobre los suyos. Hicieron un recorrido completo por su cuerpo. Calentó sus manos para entrar en ella. De pronto, el placer se tornó en dolor.

−Espera, déjalo, quiero que mis manos te rompan por dentro.

Le hizo caso y dejó que continuara. Y continuó. Durante un año. Las cosas que se dijeron eran infinitas. Ambas eran adoptadas, mujeres a las que les gustaban las mujeres, compartían perfume y odiaban su nombre. Al final, tuvo que pedirle matrimonio, es lo que se esperaba de un hombre. Tenía que conocer a su familia.

Nadie entendía en la ciudad condal que se dieran tantos aires cuando eran unos nuevos ricos. Claro que nadie les había visto nunca la espalda al desnudo.

 

Reto Ray Bradbury Semana VI

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