Blade Runner


Las luces brillaban tanto que, incluso en las afueras parecían las seis de la tarde. La cerveza que teníamos en la mano no discutía de su apertura, poco le importaba la hora. Después de todo, es su destino, ¿no? Ser bebido. Como el de todos nosotros.

Su barba picaba la luz como pocas cosas he visto. Parecía resplandecer y ser blanca en lugar de tan oscura como debía verse el cielo a estas horas. Hacía años que ya no abría botellines con los dientes, pero continuaba siendo un acto reflejo llevárselo hacia la boca. Lo enmascaraba mirando la etiqueta, y puede que a quien no lo conociera tanto como yo pudiera engañarle. Pero mis ojos le vieron en tantas situaciones que son más de sus gestos que míos ya. Yo vivo de sus recuerdos.

—¿Cómo se llama?

Pregunté, tímidamente. Todavía me avergüenzo de no recordar algunas cosas.

—Davinia, como mi suegra.

—Es original.

—Qué va. –Empezó a reírse-. Es horrendo, pero a mi mujer le da un ataque si no la llamamos así. Murió un par de meses antes de que naciera la niña.

Asentí como quien sabe de lo que están hablando aunque no sea así. Nos quedamos en silencio unos minutos, los dos sabíamos qué había detrás. Hace muchos años que nadie pronuncia su nombre, aunque su fantasma nos persiga.

—Y tú cómo…

—Cállate, David, por favor.

Abrió otra cerveza, y de nuevo la acercó a la boca. Me reí como si me hubiera sorprendido de verdad. Pareció interpretarlo como una buena señal.

—El otro día fui a visitarlo. –Me quedé muda-. Lo siento Lidia, lo siento, pero tenía que decirlo.

Cerré los ojos de súbito, apreté los labios. Pero no sirvió de nada, para variar. Y eso que ni siquiera había pronunciado su nombre. Para una madre que ha perdido a su hijo, con mucho menos que eso puede rompérsele la vida.

Otra vez.

—La tumba está sucia. ¿La señora a la que le pagamos ya no va?

Las lágrimas me caían por la cara y me refugié en el flequillo y el cabello para que no me viera. Sigue avergonzándome que me vea llorar, como cuando teníamos quince años.

—Eh, eh morenita –me abrazó al ver el llanto. Odiaba que me llamase así… pero creo recordar que también me encantaba.

Ya no pude más y rompí. Los mocos le mancharon el jersey, igual que siempre. Y con la misma delicadeza los ignoraba. Mi padre decía que los hombres lloran para dentro, que no es que no sientan las cosas, es que lo hacen así.

David siempre ha estado horriblemente cerca de mí, cuidándome. No puedo olvidarme de él, y sin embargo tampoco le recuerdo ya.

—No llores más por favor. Lo siento, lo siento. No puedo evitarlo, siempre le nombro. Yo me ocuparé, ¿vale? Contrataré a otra mujer.

Asentí. Luego nos metimos en el coche e hicimos el amor como cada nueve de octubre a las cuatro menos veinte de la mañana, como si nada hubiera cambiado. Como si volviéramos a estar siempre juntos, casados, como si no se nos hubiera muerto un hijo, como si no estuviera enferma y él tuviera otra familia. Como si siguiéramos queriéndonos.

Nunca he podido culpabilizarle por rehacer su vida. Ojalá yo pudiera. Ojalá no existiera. Ojalá pudiera recordar siempre… o no recordar nunca.

Esta noche volveré a casa, espero que su olor me dure mucho. Cuando desaparece, mis recuerdos son papeles mojados. Lágrimas bajo la lluvia, como decían en una película de la que ya tampoco me acuerdo.

 

Reto Ray Bradbury Semana II

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