Yo tengo mi secreto


Gertrudis sobrevive más que vive. Tiene 78 años y vive en la calle. Cuando la ven, algunos de los vagabundos de su albergue le dicen que no saben cómo ha podido vivir tantos años en esa vida, pero ella les sonríe y dice entre los pocos dientes que le quedan:

– Yo tengo mi secreto.

A veces, tras escuchar eso, se ríen con o de ella; lo mismo da. Después de tantos años ya poco importa ser el motivo de burla de los demás.

Se levanta temprano, cuando sale el sol. Suele dormir entre unos arbustos de un parque de las afueras. El vigilante de la urbanización sabe de ella, pero poco le importa que una anciana (de lo más respetuosa, dicho sea de paso) haga noche allí. Cuando hay tormenta, a veces incluso se encuentra una tienda de esas Quechulas o algo así, para que no se mojen con la lluvia. En el resto de noches, Gertrudis y sus tres perros (Alicia, Belén y Claudia) se acuestan entre los matorrales y duermen bajo el calor de un par de mantas. Para la hora a la que se levantan los vecinos de la urbanización, ella ya está lejos.

Se despierta, cepilla a sus perros y se van a comenzar un nuevo día con sus hijas Alicia, Belén y Claudia. Y eso que sólo uno de los tres es una hembra, Belén, pero a ella poco le importa. Le gustaría haber sido madre, pero la vida le llevó por otros derroteros diferentes a los que cualquiera imagina de pequeño.

Pero no pasa nada, es una mujer feliz. Y todo porque tiene un secreto, su secreto. Gertrudis se alimenta de niños. No penséis mal, no se los come como si de la  bruja de Hansell y Greten estuviéramos hablando.

Su día comienza leyendo la prensa con un café en un centro comercial de las afueras. La encargada siempre le regala un donut si compra un café, aunque sea el más pequeño. El diario gratuito hace que se sienta como en casa.

A la hora de comer está en el albergue, donde le dan comida para ella y sus hijas, y un bocadillo grande para la noche. Como duerme mal, Gertrudis prefiere merendarlo a tomarlo más tarde y guardar algo para darles de cenar a los perros.

La tarde la pasa en un barrio familiar en el que siempre hay niños. Ellos son lo que verdaderamente la ha mantenido tantos años siendo una mujer feliz. Les deja jugar con los perritos y, cuando ya se han hecho amigos, convence a los niños para pedir dinero a sus padres.

– Tienen hambre, aúllan por las noches.

Algunos niños lloran, otros piensan que se los van a comer a ellos. Los perros comen más que la propia Gertrudis, pero sabe que ella poca pena les va a dar a los niños. Casi todos los niños vuelven con algunas monedas.

– Decidle que queréis chucherías –sugiere.

Por la noche suele pasar por el albergue, aunque no le gusta dormir allí. Comparte mesa un rato con los otros vagabundos mientras le preguntan cómo es una mujer tan feliz, cómo lleva tantos años en la calle o qué la mantiene joven con casi 80 años.

– Mi secreto…

Masculla entre dientes justo antes de irse, alejándose con su carrito y sus hijas.

– Mi secreto… mis niños…

Se sonríe pensando en que se alimenta de niños. Y que, en cambio, sólo se había comido a uno en toda su vida.

 

Reto Ray Bradbury Semana XI

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