Abel, Abel, Abel


“Cuando sea mayor de edad me iré de casa” se repetía Abel desde los doce años. Sus padres nunca le habían pegado ni maltratado, simplemente sentía que no encajaba en aquel lugar.

Era hijo único, de modo que todo el cariño o desidia que tuvieran sus padres hacia él no podía ser repartido. Y era lo segundo. Claro que, Abel, nunca deseó tener hermanos. Pero no como quien no desea algo que no conoce, sino como aquel que odia una idea. Sus padres le habían enseñado a no desear nada, ni siquiera lo que se tiene.

Abel era homosexual, cosa que nada tenía que ver con sus padres o con que fuera hijo único. Siempre había sabido que se sentía atraído por sus iguales, y nunca le pareció mal. Sus padres lo supusieron desde que era pequeño, pero tampoco tuvo nada que ver en su rechazo a su hijo. Simplemente no hablaron nunca de ello, como tantas y tantas familias.

Finalmente cumplió sus promesas y, tras dos meses de la mayoría de edad, se fue de su casa. Decir que pudo mantenerse los primeros  diez meses gracias a que se prostituía de manera ocasional sería casi un tópico.

Sus servicios tuvieron bastante éxito, tanto que uno de sus clientes le ofreció trabajo como recepcionista en uno de sus hoteles a cambio de la exclusividad. Abel ya no lloraba por las noches ni tenía miedo de las ratas, como las primeras semanas en que había abandonado su casa, pero tampoco le gustaba tener dueño.  Aceptó el trabajo.

Para cuando cumplió los veintitrés ya era un joven respetable. Incluso había vuelto a su casa, de vez en cuando o por Navidad, como hace la gente respetable. A veces les llevaba regalos a sus padres, pero la falta de pasión que había en sus vidas también la había en los presentes, así que no se esforzaba.

Y entonces, cuando su vida estaba encauzada, le conoció.

Gabriel, Gabriel, Gabriel. Como la canción.

En cuatro años como recepcionista un cliente jamás había flirteado con él, ni invitado a subir a su habitación. Era guapo como una estrella de cine, y en sus ojos había más fuego del que nunca hubiera visto.

Cuando dejó la ciudad (porque, por supuesto, tenía que dejarla) le llamó desde el aeropuerto y le dio el número de un cirujano plástico. Abel nunca se había planteado cambiar de sexo. Que le gustasen los hombres no significa que quisiera ser una mujer. Pero tal vez, y sólo tal vez, aquella idea le gustase.

Pasaron tres años antes de que se atreviera a llamar. Temió que, por la crisis económica, aquel hombre hubiera muerto. No fue así. Una semana después tenía un presupuesto sobre la mesa.

Si se decidía, cosa que no estaba clara, no podría ser inmediatamente. Una operación de cambio de sexo obliga a años de terapia hormonal y psicológica previa. Es lógico, no hay vuelta atrás.

Diez años después, Abel tenía cita para la operación. Diez años y un día, moriría en la mesa de operaciones. Diez años y dos días, Sara había nacido.

Ahora él también sería una canción.

 

Reto Ray Bradbury Semana V

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Adriana dice:

    Gracias bonita 🙂

    Me gusta

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