No hablemos de las hadas


Cuando tenía siete años mi tío Joseph me regaló un libro sobre las hadas. La portada era de color marrón oscuro con una suave gasa roja que lo rodeaba. No había título.

– No es para niños. Será nuestro pequeño secreto.

Me hizo prometerle dos cosas: que no lo abriría hasta que volviera a su casa, en Escocia, y que mi madre (su hermana) no podía enterarse de aquel regalo. Incluso siendo tan pequeña cumplí mi palabra y, aunque durmiese con el tul rascando mi barbilla, no leí ni una sola línea antes de que hubiera abandonado Londres.

Efectivamente, aquel no era un libro para niños. Recuerdo las palabras con las que empezaba, hablaban de la importancia de la familia y de estar en contacto con ellos, por lejos que estuvieran. Yo no entendía qué relación tenía aquello con las hadas.

Lo primero que aprendí de aquel libro fue que las hadas no cuentan cuentos. Son seres fuertes, oscuros, no bailarinas del bosque con alas de color rosa. Son mujeres reales, fuertes y duras, pero con poderes que harían temblar a cualquier dios.

El libro, cuyas páginas tenían un grosor y un tacto que bien podría haber sido de piel humana, emanaba un olor que jamás había sentido antes. No se quedaba en el aire cuando lo cerraba, como si se escondiera del mundo. Tardé bastantes años en darme cuenta, pero aquel libro estaba vivo.

No puedo contar qué aparecía en aquellas hojas, pero cada día me atrapaba más su lectura. Lo escondía bajo la cama o dentro del armario de los juguetes de Elisabeth, mi hermana pequeña.

El día que yo cumplí los nueve años murió Joseph. Mi madre, más que triste, estaba aterrada, podía ver el miedo en sus ojos. Mi padre intentaba consolarla, pero no había palabras en el mundo que pudieran conseguirlo. Aquella noche, mientras escuchaba la respiración tensa de mi madre, su brazo sujetándome en su cama y la pulsera rosa de su muñeca contra mi pecho, la vi por primera vez.

No era una figura hermosa, aunque yo la encontré fuerte y llena de paz. Era pequeña de tamaño, pero su poder podía sentirse incluso a los varios metros que nos encontrábamos. Me gustaría decir que nunca había soñado con aquello, pero era bastante habitual en mis fantasías infantiles. Yo la había llamado Yula.

– Mary…

Mi respiración se entrecortó. Me estaba buscando a mí. La ilusión y el miedo movieron mis pies. Con cuidado me separé de mi madre y me acerqué a la ventana de cristal, donde ella se encontraba.

No volaba, aunque algo me decía que podría hacerlo. Su cuerpo estaba casi desnudo debajo de un camisón blanco como su piel. Podía ver sus pezones y sus ingles, pero no parecía haber nada malo ni obsceno en ello. En los pies tenía dos lazos, sobre el tobillo, uno azul y uno verde. Su cabello era negro y ondulado, y tan brillante que podía reflejarse la luna en ellos.

Antes de darme cuenta había bajado a las cocinas. La puerta del servicio daba al jardín, que es el lugar en que ella había aparecido. Ninguna criada estaba despierta así que nadie me interrumpió el paso.

Pisé  la hierba fresca y sentí un escalofrío. Ella se acercó a mí, era algo más alta que yo pero no mucho más. Su piel estaba fría pero era agradable. Me tendió la mano.

– Mary…

Levantó una ceja cuando yo dudé si dársela o no. No me resultó amenazadora, simplemente me pedía que la acompañase.

Ella era un hada y, evidentemente, íbamos a ir al Reino de las Hadas.

No sé cómo salimos del jardín y llegamos al bosque. La arboleda era tan espesa que, aunque la luna estuviera llena y limpia, íbamos casi a oscuras. Lo único que nos iluminaba un poco el camino eran las cintas verdes de los pies de Yula, que emitían una luz del color de cada cinta. Debería, pero no tuve miedo en aquel momento; sólo tenía nueve años.

No había pronunciado palabra en todo el viaje y era tan ligera que casi me llevaba corriendo hasta que, de pronto, se paró en seco frente a un árbol de tronco estrecho pero con ramajes tan grandes que bien podía cubrir diez varas por cada lado, un Tilo.

Ella se agazapó contra el tronco y  me dio la mano para que la imitase. Nunca he sabido trepar bien, pero aquella madera parecía no estar en vertical sino en horizontal. Se quitó entonces la cinta verde de uno de sus pies y la colocó en mi cuello. Pensé que me haría daño pero la tela pareció crecer en mi garganta. Subimos hasta que las ramas nos cubrieron.

Ahí estaba el Reino de las Hadas, delante de mí. Ahí me rendí a la magia y al poder. Ahí estuve durante años, dentro de la copa de un árbol, desaparecida del mundo y con una cinta verde enlazando mi cuello.

Mi mente recuerda las palabras del libro pero mi lengua no me permite repetirlas. Tampoco puedo recordar con imágenes claras lo que veía allí, aunque siento cada gota de lluvia en las hojas, cada pócima con hierbas para curar la luna de sangre, cada hebra de carne humana del sacrificio que tomábamos durante el cambio de las estaciones. Simplemente, no puedo hablar de esas cosas.

Volví a mi casa el día en que Elisabeth cumplió  nueve años. Mi madre estaba sentada, descalza en el jardín, con una silla y una manta a su lado, esperándome. Me dio un abrazo y rodeó mi cuerpo desnudo bajo aquella túnica blanquecina.

– Cuando tengas hijas, también se llevarán a una, a la que más les guste. Con los varones tienes que tener cuidado, es raro que sobrevivan después de destetarlos. Aunque eso ya lo sabes, ya los has probado.

No quise abrazarla, ni tocarla. Volví a la normalidad poco después y me sorprendí de lo poco sorprendidos que estuvieran todos excepto ella, como si estuvieran hechizados y no recordasen mi ausencia.

Una cinta de color verde adorna mi cuello desde entonces, y ahora lloro pensando que Elisabeth ha venido a celebrar el cumpleaños de mi hija pequeña, Joana. Y no son lágrima de terror sino de envidia.

 

Reto Ray Bradbury Semana IV

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