Alma


Aún hoy en día los ojos de Alma me parecen los más bonitos que he visto nunca; sus pestañas negras y espesas, esa pupila del negro más intenso del mundo, y cómo olvidar ese color turquesa tan hermoso. Todo eso unido a su pequeña barbillita respingona, su boquita de color rosa, sus mejillas sonrosadas, su piel de porcelana y sus tirabuzones negros la convertían en la más hermosa de todas. Recuerdo que nada más llegar se convirtió en la preferida y todas querían imitarla. Y mientras yo, que tantas noches había pasado en aquella cama tan caliente, apartada, fuera de su abrazo protector. Lo que al principio era admiración se convirtió al poco tiempo en odio, rabia, celos, y porqué no decirlo, envidia. Y fue por esta razón que hice lo que hice.

Aquella mañana despejada apenas había nadie en la habitación. Alma y yo reposábamos tranquilas en la ventana junto a otras mientras veíamos el avance del día y esperábamos a que llegase la tarde. En el delicado zapato de terciopelo rojo de Alma había una pequeña inscripción que decía Hecho en India. Yo me había dado cuenta del pequeño grabado y de que en casi todos los zapatos de las demás en vez de India ponía Japón , pero el resto de mis compañeras no eran tan observadoras como yo. Me esperé a que se distrajesen para atacar a Alma. Le pedí delicadamente que me prestase su zapato, idéntico al mío, aquella mañana y por supuesto accedió sin problemas.

Días después aún contaba con sus delicadas zapatillas rojas y aunque era obvio que deseaba que se las devolviese, su educación le prohibía pedírmelas de manera explícita, por lo que me insinuaba de tanto en tanto que prefería la calidez de sus propias zapatillas que de las mías. Un día, merendando nosotras solas, me dijo abiertamente que deseaba que le devolviese sus zapatos. Yo le respondí dulcemente que no tenía tal cosa y que si los había perdido no era culpa mía. Alma se enfadó tanto que de sus gritos atrajo a las demás desde otras partes del dormitorio y cuando sentí que tenía el suficiente público, comencé a llorar desconsoladamente. A los pocos instantes era socorrida por el resto de mis compañeras que, incapaces de ver el engaño (y motivadas por cierta envidia a la favorita también) , creían ciegamente en mí. Al final de aquel día (y con considerable público) le devolví sus zapatos rojos alegando Que creía que eran los míos. Aunque Alma se disculpó sin razón y la perdoné, la sombra ya la había puesto sobre ella.

Otro día, tras haber lavado nuestros coloridos vestidos y peinado nuestros suaves cabellos, Clara, otra de nosotras, pidió que la peinásemos con un moño alto pues aquel día era su cumpleaños. Al tumbar un poco el cuello, inevitablemente se le cerraron los ojos y aunque fue Alma quien le hizo un majestuoso peinado, al levantarse me atribuí yo su trabajo. Por mucho que dijese que era mentira, ¿quién iba a confiar en ella después de haberme llamado ladrona por una confusión? Y efectivamente, Alma tuvo que callarse y soportar a esa muchedumbre que le estaba cogiendo bastante rabia. Iba surtiendo su efecto.

Tan sólo había un problema en mi plan para volver a ser la favorita, que Alma ya me había calado y no dejaba de observarme con ojos escrutadores.

Un día mientras yo estaba sola, me colocó contra una pared y me tiró de los tirabuzones hasta que grité tan alto que todas vinieron en mi ayuda. Intentaban quitarla de encima mío pero era imposible y por miedo a que alguna se partiese terminé diciéndole que contaría la verdad al resto. Alma me soltó y comencé a llorar. Admití haberle cambiado sus zapatos y no habérselos devuelto a sabiendas de lo que hacía porque eran tan hermosos y tan brillantes y lucían tan lustrosos en sus pies que un celo me inundó pensando que me podría parecer a ella y de nuevo volver al puesto de la preferida, siempre abrazada y con más lujos y diversiones que el resto. Alma, como buena de natural que era, comenzó a llorar y me pidió perdón por haberse comportado de manera tan egoísta y no haber sido capaz de compartir su nuevo lugar con la antigua preferida. Nos fundimos en un abrazo y reavivamos nuestra amistad.

Ahora de nuevo ambas compartíamos un lecho caliente y en calidad de sus preferidas, mayores diversiones, raciones, cuidados, etc. Y aunque en principio todo pareció ir a las mil maravillas, aún sus ojos me miraban recelosos cuando creía que dormía, y si podía no descansar a mi lado así lo hacía. Ahora era yo el objeto de sus obsesiones.

Una tarde, mientras merendábamos, me pidió prestados mis guantes de encaje blancos, similares a los suyos en tejido. De aparente buen grado se los presté, aunque pronto le pedí que me los devolviese. Alma, haciéndose la loca, me dijo que no sabía de que le hablaba, y cuando se los pedí por segunda vez organizó un espectáculo similar al mío por sus zapatos. Finalmente me los devolvió copiando mis actos de manera magistral.

Aquel fatídico día, cuando estábamos ambas subidas a una escalera de una casita de nuestras casitas, observando la primavera y el nacimiento de las flores en los árboles, Alma cayó al suelo, empujada por una pequeña mano blanca, y se rompió en mil pedazos. Cosas de ser muñecas.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Simplemente espectacular!

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