Gala


Recuerdo la primera vez que vi a Gala. Era una cría, no recuerdo la edad, pero tan joven que ni siquiera el sonido de su voz era el que tiene ahora. Puede que sea el recuerdo, que mis ojos llorosos la echen tanto de menos que cambien mi percepción de la realidad.

Pero no quiero hablar ahora de eso. Ahora quiero hablar de la primera vez que sentí que Gala era indispensable en mi vida. Vale, fue al día siguiente de esto que os cuento aunque, no sé por qué, ya la recuerdo como es ahora. Con el pelo, casi casi blanco, ondeando al viento, corriendo hacia mí. Yo la esperaba en el portal de mi casa, nerviosa.

Tendría que contaros que me acababa de escapar. Mis padres eran muy injustos. Nunca les ha gustado que salga sola de casa, aunque ahora lo lleven mejor, ya no llaman a la policía. Menos mal, que mi amiga me convenció de volver. Su edad la hacía merecedora de ser la única a la que yo permitía que me diera órdenes, y con esta fue tajante.

La cuestión es que cuando Gala aparecía, nada más importaba. Ella se llevaba los males de los demás. Si te dolía la tripa o estabas triste, o echas de menos a alguien, ella simplemente te miraba y conseguía que  nada más importase. Es como si los problemas se los llevase ella.

Un día le pregunté por qué estaba sola. Para mí dormir fuera de mi cama era terrorífico, como si dormir fuera el mayor de los problemas de quien no tiene casa. Ella te miraba, sonreía con todo el buen humor del que podía disponer en aquel momento, y te decía que era mejor así. Que antes no era feliz, estaba atrapada, encadenada con gente que se hacía llamar su familia, pero que no le provocaban más que daño.

Recuerdo cuando me dijo que había conocido a alguien. Un chico. Se llamaba Dalí. Casi no podíamos creérnoslo: estaban hechos el uno para el otro. Era moreno, fuerte, grande. No tenía nada que ver con el pintor. A Gala se la veía feliz con él, mucho más que conmigo o cualquiera de sus amigas.

Era un tipo de relación que yo nunca había sentido. En parte por mi juventud y en parte porque quien nunca ha necesitado de otra persona se entrega de una manera mucho más real que quien ha de ser salvado.

Así que, cuando me dijo que se iba con Dalí, a vivir con él, un vacío se agolpó en mis pies. Es como si me entrase un frío en calma, como cuando entras en una casa en la que nadie ha estado en meses. Esa angustia calmada, no preocupada, basada más en la tristeza que en el miedo, se apoderó de mí durante semanas.

Más tarde supe que era porque Gala era mi amiga. Por encima de cualquier otra cosa.

Cuando la vi por última vez, sentí el mayor de mis miedos y de mis alegrías a la vez. Estaba embarazada. La ilusión la desbordaba, y me dijo que ni Dalí ni sus padres lo sabían aún. Me lo había dado a mí. La primicia de su mayor felicidad había sido sólo para mí. En aquel momento apenas si lo valoré, me costaron unos minutos entender lo que significaba aquello.

Dicen que no tenemos memoria, que casi no recordamos ni nuestro propio nombre, pero estoy segura de que eso no es así. No creo que nunca olvide su ilusión al despedirse, sus orejas, su pelo. Cómo corría en la dirección de la casa de su nueva familia, cómo miraba. Cómo ladraba, sólo por el puro placer de ser un perro que ha encontrado un hogar.

 

También puedes leerlo en L’as cagao Lorrie Moore.

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