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Me dice una voz interior que escriba. Que cómo puedo ser tan desagradecida que no aprovecho esta situación de encierro para multiplicar palabras entre los dedos. Y es cierto. Ahí llega la duda, el tormento, el asombro, el desconcierto.

Pero luego me siento. Delante de una pantalla fría, blanca, llena de gérmenes. (A veces ya solo puedo ver eso.) Llena de tiempos que pasan, de recuerdos que espantan, de simplezas que parecen evidentes.

Y vuelven y vuelven.

Volverán las oscuras golondrinas. Volverán las horas del tiempo al pasar. Volverán otras horas pero robando el tiempo que comparten.

Y, en estos momentos exactamente, el futuro es como una carretera nublada. Sin ver el final, pero sabiendo que está ahí.

– ¿Ves? Sabes que está ahí.

La voz número uno vuelve. Impaciente.

– Sí, pero no veo el camino. No sé hacia dónde voy.

Si tuvieras que volver a recorrer ese camino otras tres mil veces, sabrías cómo hacerlo. Lo sabrías.

La voz 1 no cesa.

Y, por favor, pídele que no lo haga.

Hoy la he cal(l)ado, pero volverá. Y eso es todo cuando necesito.

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