El matrimonio Hess


Las casas felices son aquellas en las que los adultos son un poco niños. En las que los juegos no sólo son para los dientes de leche y las galletas se comen más rápido de lo que se preparan. Por eso nadie habría dicho que en la casa de la familia Hess sus habitantes eran felices.

La disciplina marcial que pintaba las paredes viejas (tanto o más que la criada de la familia) era estricta. La casa, que se encontraba al final de uno de los barrios residenciales de las afueras más caros de la zona, era de un tono grisáceo (como ellos). Nadie dormía más tarde de las siete de la mañana (ocho tal vez si era fin de semana y nueve siempre que fuera su cumpleaños), nadie almorzaba más tarde de las dos de la tarde (incluidos los niños, que corrían después del colegio para no quedarse sin comer), ni se iba uno a dormir más tarde de las nueve (sin ninguna excepción).

La matriarca de la familia, hija de militares y abogada del Estado, Miranda, habría podido pasar fácilmente por monja en el colegio de la esquina de la casa. Pero ellos, cuyo sentimiento religioso era comparable al espontáneo, habían preferido llevar a sus hijos a un colegio laico a casi un kilómetro de distancia.

—Así no se entretendrán por el camino. Tendrán que darse prisa.

Se había escuchado decir a la madre en más de una ocasión. El padre, inspector de Hacienda, vestía siempre una camisa blanca y pantalón beige. Jamás nadie le vio sin esas prendas de vestir, ni siquiera sus hijos (aunque, tras cuatro embarazos, suponemos que debió hacerlo su esposa, pero no tenemos la seguridad).

Jamás a los hijos del matrimonio formado por Joaquín Hess y Miranda Doren se les vio en la calle a altas horas de la madrugada, se les permitió estar en un cumpleaños más tarde de las ocho de la tarde (siete y media en invierno) ni se les regaló más de un juguete por Reyes. Sin embargo, y aunque pueda parecer contradictorio con el retrato familiar que hacemos, nunca podría haberse dicho que aquellos eran unos niños infelices.

No sonreían demasiado, es verdad, pero tampoco parecían tristes. Uno a uno, se fueron la Universidad (dos de ellas eran privadas y dos públicas) en otras ciudades, ya que sus propios padres opinaban que era lo mejor. Poco después de finalizar sus estudios superiores (medicina, derecho, arquitectura… y teología para la hija rebelde) todos ellos comenzaron a trabajar, se casaron y tuvieron sus propios hijos.

La disciplina marcial de la familia Hess era conocida en toda la ciudad. Nadie hubiera sospechado que, veinte años atrás, ir demasiado puestos de ácido y varios robos que acabaron con un asesinato casi les había hecho acabar en la cárcel. Nadie lo hubiera sospechado.

Reto Ray Bradbury Semana IV

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