Alicia


Alicia, mientras se bebía la cerveza, no pensaba que la hiciera sentir tan pequeña. Los frutos secos que la acompañaban no la hicieron crecer. O no de ese modo, al menos.

Teo le había invitado a esa tercera y cuarta copa porque esperaba llevársela a la cama, mirando el reloj con prisa. Y ella, que se habría ido con él a su casa igualmente con una Fanta de naranja, decidió dejarse invitar. Después de todo, no quería parecer el tipo de chica que se acuesta con un tío a la primera de cambio.

Le gustaba, así que tenía que hacerse respetar. Y alguien se había inventado una  vez que si las mujeres demostraban interés sexual dejaban de ser respetables. Probablemente una mujer con ningún tipo de interés sexual.

Teo, como muchos hombres, había regalado palabras preciosas a Alicia. Los verbos que utilizaba estaban en futuro, como añadiéndola a ella a su vida; o al menos ese era el efecto que provocaba en Alicia.

Minuciosamente, Teo colocó su mano en la pierna de ella. En algún momento, simplemente pasó. Ella pensó que hacían el amor cuando él se la follaba. Una sutil diferencia verbal que manifestaba las intenciones de cada uno.

Sin embargo (y aquí vino el problema posterior) él no se fue al acabar. La época de desnaturalización vivida actualmente hace que sintamos sutiles vínculos, y a ellos nos agarremos. El calor y comodidad que ofrecía el cuerpo de Alicia se tornó en cariño. Ella le miraba como al último día laborable de antes de un viaje y él como al último día antes de volver al trabajo.

Su melena rubia fue creciendo conforme pasaban los días. Invernaron juntos con pizzas y helado de té con trocitos de chocolate. Las curvas de ambos cuerpos se acrecentaron con los días de frío, acoplándose al cuerpo del otro. Incluso, tal y como apreció Alicia una mañana, su almohada tenía la forma de la cabeza de él. La nieve que blanqueaba las calles y mataba de frío a las rosas tomó como suyas las ventanas de aquella casa.

Nadie que viviera en los ojos de Alicia esperaba que Teo desapareciera. Nadie que no hubiera observado las señales de aquel que no quiere… sino que se deja querer. Alicia se recompuso, ignoró la ausencia de un reloj que la acompañaría y continuó su viaje una vez más.

Pasaron los días en los que intentaba no pensar en Teo. Se decía que había sido una hermosa aventura, mientras caminaba a su trabajo cada mañana. Una noche pareció predecir que él volvería con una sonrisa en la luna que le recordó a su amante.

Con las primeras lluvias de la primavera (y un poco de granizo que debió caer por la montaña) volvió a hundirse en ese agujero que era la cama de Alicia. Y tras varias jornadas de viaje juntos, volvió a irse escondiéndose con la excusa del tiempo.

Alicia permaneció atrapada en esa situación tanto tiempo como él quiso que fuera. Hablaron de conceptos para él abstractos y para ella reales durante más horas que un año. El tiempo dejó de tener sentido entre ellos.

—Te quiero.

Dijo ella en una ocasión, mientras comían tostadas con mermelada y descansaban entre siesta y siesta. Teo sonrió y miró el reloj, para ver si quedaba tiempo de un último polvo antes de irse (con su mujer). Alicia le vio mirar el tiempo que les quedaba para estar juntos antes de marcharse al trabajo.

 

Reto Ray Bradbury Semana III

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