Miguel Rey del Corral


Miguel era un chico muy especial, destinado a grandes cosas.

Ella lo sabía, Carmela había hecho todo lo que estaba en su mano para que el hijo de su querida Francisca saliera adelante, fuera feliz. En el fondo, ella sabía que las cosas eran mejor así, que aunque sus padres hubieran huido a Francia al destetar al niño, todo era más sencillo de esta manera.

Carmela tenía poco dinero, pero en los años previos a la guerra, había logrado pagar un colegio de curas para el pequeño. Después de todo, su familia tenía dinero. Sí, había tenido que vender la casa de su marido, pero no le importaba. Mejor un buen colegio que habitaciones vacías, en silencio.

Se mudaron al corral de vecinos de la calle San Vicente cuando el niño tenía cinco años. Ya por aquel entonces, Miguel hacía o decía cosas raras. A nadie le importaba, si tenemos que ser sinceros. Era un niño muy hermoso. Hasta las madres dejaban sus tareas para asomarse a verlo jugar a la pelota.

Porque él siempre jugaba a la pelota. Siempre. Y el resto de niños no tenían más remedio que seguir sus indicaciones. Era su líder, su capitán. No en vano, Carmela había elegido el nombre de Miguel, el rey de los ángeles.

La primera vez que la abuela del rey del corral se había sorprendido fue por sus libros. El niño, ya casi un púber, leía muy a menudo y ella lo contaba con un brillo de orgullo en su rostro. Constantemente le pedía dinero para libros. En los últimos dos años había sido demasiado, tal vez.

Pero no importaba. Ella qué iba a saber. Le daba dinero para todo lo que necesitara, aun cuando no lo tenían.

Al rey del corral le gustaba el color blanco. Su abuela siempre lo había vestido con colores claros. En parte porque la altas temperaturas del sur no permitían otra cosa, pero también porque los ojos azules y el cabello rubio del pequeño resaltaban más sobre una camisa blanca.

A menudo, y ya cuando las primeras pelusas de la barba asomaban su rostro, le pedía que quitase manchas oscuras de sus camisas, todas blancas. Él, que se sabía guapo, prácticamente no vestía de otro color. A Carmela no le importaba, él era su único trabajo después de todo, y una punzada de orgullo la cruzaba al verlo tan hermoso, como un verdadero rey.

Era un niño frío, algo propio de quien se ha criado sin sus padres, según le había dicho el cura de su barrio. “El calor de una madre y un padre cristianos no son comparables al de una abuela, aunque usted haga una tarea encomiable”.

Con los años, los vecinos también habían advertido esto, y las madres del resto de niños ya no salían a verlo jugar, sino que metían a sus hijos en casa. Y a sus gatos. Carmela nunca advirtió este último gesto, estaba muy ocupada limpiando manchas de sus camisas.

Una noche, Miguel volvió un poco más tarde de lo que ella esperaba. “No se hace sufrir a una anciana. ¿Qué horas son esas de estar en la calle?”. El chico no la miró durante la riña. Ella decía podía sentir su arrepentimiento, el silencio del que calla para otorgar.

No le dijo adónde iba. Nunca se lo decía. Era un chico muy independiente.

Cuando cumplió los veintiún años de edad, su abuela le regaló lo único que le había pedido: un traje blanco. La petición era extraña, pero era verano así que lo achacó al calor. Cuando aquel día salió, pasada la medianoche, le dijo que no lo esperase despierta.

Se decía que la hija del librero y él ‘hablaban’. Y Carmela le dio la tregua que Miguel necesitaba. Aquella noche y otras tantas más. Por las mañanas, ella le despertaba llamando a la puerta de su habitación, que el chico cerraba con llave.

Los hombres y sus cosas” decía ella. No le importaba, una estancia menos que limpiar, en el fondo Carmela sabía que su nieto lo hacía por ella, para que no tuviera tanto trabajo en su casa. Desde que era pequeño estaba concienciado sobre esto, ya que su madre, la infame Francisca, nunca había ayudado a Carmela en nada.

Pero aquel día, la abuela del rey del corral, no estaba en absoluto cansada. Tal vez al no gastar energías en entrar en su dormitorio, ella las había ahorrado y ahora no podía dormir. La cuarta noche aquella semana.

— Carmela, lo mejor para eso es que os mováis. Si vuestro nieto se encuentra fuera durante la noche, aprovechad para andar por la casa. Cuando él llegue agradecerá una taza de leche caliente para entrar en calor.

La idea del cura le había gustado. Y no es que ella compartiera intimidades con párroco, es que le preocupaba no poder dormir. Después de todo, era una señora muy mayor. Así que le hizo caso.

Carmela estaba en su sillón, con la luz apagada. En la cocina tintineaba el cazo con la leche en el fuego. Solía ser sobre esta hora cuando Miguel volvía, así que ya a estaba calentando, esperando a su nieto para darle las buenas noches y el temprano desayuno.

Se estaba quedando dormida cuando el olor a metal la despertó. Miguel entraba por la puerta. Gritó del susto. El traje blanco de su nieto estaba teñido de rojo sangre. Y de rojo negruzco. Y de rojo republicano. Y de rojo nacional. Y de rojo de animal. Y de rojo de hombre, de mujer, de puta, de gato. De rojo de anciano y de rojo de hacía tantos meses que parecían manchas de tierra.

Carmela murió a los pocos días, destrozada por ver convertido a su querido nieto en un monstruo que recorre las calles en busca de sangre.

Carmela fue la única víctima de Miguel que no le había manchado el traje. El traje del rey del corral.

 

 

También la puedes encontrar en L’as cagao Lorrie Moorehttps://lascagaolorriemoore.wordpress.com/

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