Las uñas pintadas de mi suegro


—Una de las últimas cosas que le vi hacer a mi padre –dijo en una ocasión Samuel-, era que pintarse las uñas. Lo hacía en un tono tan suave que a nadie se le hubiera nunca ocurrido que lo hacía, pero yo que le veía cada semana lo sabía perfectamente.

Lloraba desconsolado ahora en mi hombro, mientras escuchábamos los resultados de su madre. El nombre de la enfermedad era raro, como salido de una película americana en la que se encuentra una solución y todo el mundo se salva. Quién viviera en una película.

En cierto modo, y aunque quede mal decirlo, Samuel no lloraba por su madre, cuyo estado era casi vegetal prácticamente, seguía llorando por su padre. Hacía casi veinte años que había muerto, pero algunas existencias se quedan tan marcadas a fuego que no somos capaces de apagar su pérdida.

Él siempre repetía que ojalá hubiera podido conocerlo, que le habría gustado mucho. Sin embargo, por los detalles que mi marido me contaba, creo que no nos hubiéramos llevado bien. La distancia (ya sea terrenal… o con el más allá) siempre cambia las sensaciones de quienes aquí nos quedamos.

Cuando me decía eso yo asentía y sonreía. Como cuando me comentaba algunos detalles de su padre. Jamás le habría dicho lo que de verdad pensaba. Qué locura. Nosotros nunca vemos a nuestros padres como lo que son, decirle la evidencia de que su padre era homosexual no habría ayudado en nada a su recuperación. Del mismo modo que su madre estaba condenada por el propio médico, mi marido lo estaba a no ver a su padre jamás como él era de verdad.

Pero las evidencias ahí estaban. No para él, claro, pero sí para mí. Las habitaciones separadas, la indiferencia de su madre al hablar de él, los rasgos de su personalidad. Todos aquellos detalles, que habían sido suficiente para que Samuel me lo describiera a diario, manifestaban nulo interés por su esposa, la ausencia del amor de una pareja que está condenada a no entenderse o a un hombre amanerado.

Mi marido lo explicaba (sin que nadie necesitase tal cosa) como que sufría de espalda y roncaba mucho, que su madre era una mujer un poco hosca o que haberse criado con tantas hermanas le había hecho ganar actitudes femeninas.

Sin embargo, siempre he pensado que en el fondo de su ser, Samuel sospechaba algo. Tal vez no fuera la verdadera sexualidad de su padre, pero al menos la ausencia de amor entre ambas partes sí que tenía que verla. Me di cuenta el día que volvimos a casa del hospital con Valentina. La pusimos en su cuna (evidentemente dentro de nuestro dormitorio) y mientras que se echaba una siesta exageradamente corta, nos tumbamos nosotros también. Me abrazó, como lo hace ahora en la sala de espera que se encuentra junto a la habitación en que está su madre, y mientras me tocaba la espalda me decía muy suavemente:

—Nosotros no dormiremos separados. Aunque ronques y la niña llore, siempre vamos a estar juntos, ¿vale?

Asentí un poco extrañada. Era algo tan evidente para mí que no había necesidad de decirlo. Claro que mis padres tuvieron siete hijos. Si es homosexual lo disimula mucho mejor que a su amante.

 

Reto Ray Bradbury Semana V

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